Infantilización o divulgación de las experiencias culturales

Infantilización o divulgación de las experiencias culturales

Imagen generada con Dall.e

La cultura contemporánea se encuentra en una encrucijada donde la tecnología y la cultura se entrelazan para  la manera en que interactuamos con el arte, la historia y el patrimonio. Las experiencias inmersivas, facilitadas por los avances tecnológicos, han ganado popularidad en los últimos años al ofrecer al público formas novedosas y emocionantes de conectarse con ciertos contenidos culturales. Sin embargo, ante su proliferación surge una preocupación lícita por parte de los expertos en humanidades: ¿están estas experiencias provocando o fomentando la infantilización del público debido al modo en que facilitan el acceso a la cultura?

La infantilización de la cultura se puede entender como un proceso a través del cual se simplifican y diluyen contenidos culturales complejos para hacerlos más accesibles o entretenidos, a menudo a expensas de la profundidad y el significado original.

En el contexto de las experiencias inmersivas, esto se observa cuando la tecnología se utiliza sobre todo para impresionar sensorialmente al espectador, priorizando el espectáculo sobre el contenido, la forma sobre el fondo. En estos casos, las narrativas se vuelven lineales, los matices históricos o artísticos se simplifican, y el énfasis recae en la interacción superficial en lugar de la reflexión profunda. Las personas recorren las salas en pos de los artefactos técnicos (gafas, pantallas) en vez de detenerse en la lectura de los carteles explicativos o en la observación de lo que se expone. 

Un ejemplo ilustrativo es la proliferación de exhibiciones que utilizan proyecciones digitales, realidad virtual y otras tecnologías para recrear obras de grandes artistas o eventos históricos. Si bien estas herramientas pueden hacer más accesible el contenido cultural a un público más amplio, existe el riesgo de que se presenten versiones edulcoradas o incompletas de las obras originales. La complejidad de los temas, la interpretación de la simbología y la comprensión del contexto histórico son aspectos que pueden quedar relegados a un segundo plano, ofreciendo al público una experiencia más cercana al entretenimiento que a la verdadera apreciación cultural.

La economía de la experiencia

Sin embargo, este fenómeno no es exclusivo de la era digital. A lo largo de la historia, la cultura ha sido adaptada y simplificada para diferentes audiencias. En el siglo XIX, por ejemplo, existían versiones abreviadas de obras literarias complejas, interpretaciones populares de los mitos clásicos, se publicaban muchas obras en formato de folletines, y las adaptaciones teatrales populares a menudo eliminaban elementos complejos para atraer a las masas. Sin embargo, se podría afirmar que la diferencia radica en la escala y el alcance que consigue la tecnología moderna. Las experiencias inmersivas actuales pueden llegar a un público global y tienen la capacidad de moldear percepciones culturales de manera más intensa y rápida que nunca, lo cual es “peligroso” para un público acostumbrado al scroll infinito.

La economía de la experiencia juega un papel crucial en esta dinámica. En una sociedad donde el consumo de experiencias se valora más que la adquisición de bienes materiales, existe una demanda creciente de eventos culturales que sean inmediatos, emocionantes y compartibles en redes sociales. Las empresas y las instituciones culturales, al intentar satisfacer esta demanda, pueden verse tentadas a priorizar el impacto visual y la gratificación instantánea sobre la profundidad intelectual.

El diseño y el propósito

En el lado positivo, se debe reconocer que las experiencias inmersivas también tienen el potencial de enriquecer el acceso a la cultura si se diseñan con intención y cuidado. Pueden ser herramientas muy interesantes para educar, inspirar y conectar al público -sobre todo el más joven- con contenidos que de otra manera podrían parecer inaccesibles o intimidantes. La clave está en encontrar un equilibrio entre la innovación tecnológica y la integridad cultural.

Para evitar la infantilización, es preciso que los creadores, los diseñadores y los gestores culturales trabajen juntos para diseñar contextos históricos precisos, que fomenten la participación a la vez que ofrecen  oportunidades para la reflexión. Las experiencias inmersivas deben ir más allá de lo sensorial, proporcionando profundidad y estimulando la curiosidad intelectual. Por ejemplo, una exposición que utiliza realidad virtual para sumergir al visitante en una época histórica debería también ofrecer información contextual, fomentar preguntas y permitir reflexionar o profundizar sobre lo que se está viendo, oyendo o viviendo.

Por supuesto, en este contexto la educación juega un papel fundamental. Al preparar al público para interactuar con contenidos culturales de manera más crítica y consciente, se promueve una comprensión más profunda y se evita caer en la superficialidad. Esto implica desarrollar habilidades de pensamiento crítico desde temprana edad y fomentar una cultura de apreciación y respeto por la complejidad artística e histórica.

De este modo, si bien las experiencias inmersivas presentan cierto riesgo de infantilizar el acceso a la cultura al simplificar y priorizar el entretenimiento sobre la sustancia, no son algo negativo per se, es decir, por su formato. La «infantilización» o divulgación cultural como fenómeno no es algo exclusivo de la era digital, pero debe considerarse que la tecnología e internet amplifican sus efectos y alcance. Es responsabilidad de los profesionales de la cultura y la educación aprovechar las herramientas tecnológicas para enriquecer, en lugar de empobrecer, la experiencia cultural. Al hacerlo, se puede facilitar que el público no solo se sumerja en experiencias sensoriales impactantes, sino que también salga de ellas con una comprensión más profunda, reflexiva y significativa de lo que ha experimentado y que, por tanto, sienta deseos de saber y de conocer más. 

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